En un ensayo en The Guardian, el novelista describe correos de admiradores casi diarios, pulidos con IA, que ofrecen promocionar sus libros a cambio de dinero, y cómo seguirles el juego acabó en una dirección postal en Filipinas.

El novelista Joe Dunthorne escribió en The Guardian el 1 de noviembre que recibe «cartas de fans» escritas con IA casi todos los días, de supuestos lectores de ciudades como Barcelona, Fráncfort, Chicago y Varsovia que firman con nombres como Bella Monroe o Thalina Rose. Los mensajes, de varios párrafos, elogian con detalle sus novelas y su obra de no ficción, dice, pero solo prometen promocionarlo en clubes de lectura si transfiere unos cientos de dólares para cubrir costes. Cuenta que otros escritores reciben mensajes parecidos y que algunos estafadores suplantan a autores famosos: un correo que decía ser de Ottessa Moshfegh hablaba de su obra en curso y luego lo remitía a su página de Amazon.

Dunthorne afirma que siguió el juego a una supuesta fundadora de un «Berlin Book Club», insistiendo en que solo podía pagar en efectivo por correo, hasta que ella le dio una dirección postal en Filipinas. Relaciona estos mensajes con las «granjas de estafas» organizadas del sudeste asiático, donde, según su relato, se obliga a trabajadores víctimas de trata a cometer fraudes, incluidas estafas románticas y de inversión de larga duración, con ayuda de IA generativa y aplicaciones para enmascarar el rostro. Cita la redada en un complejo de Bamban, que según él resultó estar dirigido por la alcaldesa local, Alice Guo. Estas descripciones proceden del ensayo del autor y Reporix no ha verificado de forma independiente cada detalle.

El ensayo recuerda además el trasfondo de derechos de autor: Dunthorne escribe que Anthropic acordó el año pasado pagar 1.500 millones de dólares a autores cuyos libros se usaron para entrenar su modelo Claude, y que un grupo de editoriales demandó a Google en julio por el entrenamiento de Gemini. No envió dinero y entregó los datos a la agencia filipina de ciberdelincuencia, y añade que el consejo habitual para los escritores es denunciar el correo, bloquear al remitente y seguir adelante. Su conclusión es que tras los mensajes entusiastas y personalizados puede haber alguien que trabaja bajo coacción en lugar de un admirador, y que los autores deben desconfiar de «promotores» desconocidos que piden pagos por adelantado.